¿Empresas transnacionales: móviles de las alternativas de desarrollo?

¿Empresas transnacionales: móviles de las alternativas de desarrollo?
La experiencia teórica y práctica de la mayoría de los países subdesarrollados indica que el capital extranjero, como tendencia ha contribuido a un acelerado proceso de transnacionalización de estas economías, el resultado ha sido potenciar la idea de su carácter desestabilizador. Por ello aquí planteamos, la pregunta siguiente: ¿Empresas Transnacionales: móviles de las alternativas de desarrollo?.
Tentativamente se podrían plantear variados supuestos para responder a esta pregunta, el primero es, que es un error pensar que el Estado-nación se ha quedado desprovisto de poder negociador en el proceso de globalización y que solo son las transnacionales las que logran imponer sus intereses. Es cierto que el poder negociador de las transnacionales frente a los países más atrasados es muy desproporcionado; sin embargo, existen Estados-nación del mundo subdesarrollado que han sido capaces de articular con bastante éxito mecanismos de negociación frente a las transnacionales. La integración global en general está estimulada por fuerzas de mercado, pero el movimiento real del capital y la reconfiguración de la base productiva del mundo también dependen de manera crucial del resultado de transacciones políticas entre el capital transnacional y los gobiernos, negociaciones que la mayoría de las veces están divorciadas de las reglas del “libre comercio” y que tampoco pueden ser explicadas satisfactoriamente por la teoría de las ventajas comparativas.
Un aspecto importante de la transformación global ha sido el establecimiento del llamado “régimen de acceso a mercados” (market access regime), el cual determina la existencia de patrones negociados de comercio y de inversión. Este sistema no ha surgido como consecuencia de una “planificación global” sino como resultado de las tendencias del mercado y de las estrategias de empresas transnacionales y gobiernos. En el actual sistema de producción global, caracterizado por un excedente crónico de capacidad productiva, existen disparidades que ejercen presiones sobre el capital transnacional en el sentido de tener que hacer concesiones a los países que pudieran ser eventuales compradores con tal de poder garantizar determinadas cuotas de mercado (market share).
En este ámbito los compradores tienen cierta ventaja negociadora que pueden ejercer para apropiarse de una parte de la base industrial y tecnológica de la producción global. Ello implica que determinados gobiernos hayan logrado ejercer lo que se ha denominado un “apalancamiento inverso de mercado” (market leverage in reverse), consistente en que le proporcionan a las transnacionales un acceso controlado a sus mercados a cambio de que estas trasladen capital y tecnología hacia ese país. Ese proceso no puede ser explicado por la teoría de las ventajas comparativas –que postula que el capital debería desplazarse hacia donde se produce mas eficientemente– sino a partir de los intereses prácticos de las empresas transnacionales y de los gobiernos de las naciones que constituyen mercados importantes, aunque debe quedar claro que no todos los países están en condiciones de entrar en el proceso antes descrito.
La experiencia indica en términos comparativos, que son los llamados “mercados calientes” (hot markets) –economías con altas tasas de crecimiento en las que el producto interno bruto puede duplicarse en menos de diez años - los que normalmente llevan ventaja en ese proceso negociador, no solo porque representan mercados muy dinámicos sino también porque en esas economías tiende a existir un persistente desbalance a favor de la demanda que ejerce presión sobre los precios y que por tanto le garantiza al capital tasas de ganancia extraordinarias. Por consiguiente, son mercados en los que existen condiciones para atraer capital transnacional sin tener que acudir necesariamente a los “incentivos” tradicionales que otros países deben ofrecer.
Existen otros factores que también actúan a favor de los países que tratan de apropiarse de segmentos de la base productiva y de la tecnología contemporánea. De una parte, la necesidad de las transnacionales de establecer mecanismos de contingencia para hacer frente a las condiciones de mercado y a sus competidores dispersando de manera flexible la base de la producción entre diversas regiones del mundo. Por otro lado, la necesidad de acelerar la recuperación de costos en industrias tecnológicamente avanzadas donde concurre una rápida obsolescencia de los productos, y un elevado costo del capital. El resultado es que ambos factores presionan considerablemente en el sentido de una dispersión de la producción y de la tecnología hacia áreas subdesarrolladas.
Desde la perspectiva de los gobiernos de algunos países subdesarrollados de lo que se trata no es simplemente de incrementar sus exportaciones y de tener acceso a capital y tecnologías. Esos Estados parten del criterio de que están asistiendo a una redefinición no solo de las estructuras productivas de sus países sino sobre todo a una modificación de la estructura de las industrias globales, de la cual, ellos no son meros espectadores sino agentes activos. Conciben estas transformaciones como una oportunidad para hacer transitar la economía de sus países a través de trayectorias de aprendizaje tecnológico, que les permitan participar en mejores condiciones en la distribución del valor creado en la economía mundial. Perciben además que esa es una oportunidad que no pueden materializar por sí solos sino utilizando las empresas transnacionales.
Son estos aprendizajes del proceso de reestructuración global, los que impulsan a muchos gobiernos a hacer todo lo que esté a su alcance para participar en la dinámica de la globalización y acometer el cambio. Los retos que se derivan de tales experiencias consisten en que los gobiernos deberían comenzar desde posiciones negociadoras flexibles asimilando la base productiva correspondiente a actividades con alto uso de fuerza de trabajo poco calificada y barata, de manera que ello permita convertirse en fuente generadora de empleo.
Los requerimientos para una adecuada adaptación a la reestructuración global exigen que los gobiernos identifiquen y fomenten industrias claves, que les permita apropiarse de cuotas de la producción mundial en esas industrias, que sean capaces de avanzar progresivamente en el manejo de la tecnología de las mismas y que sean eficaces al establecer términos “duros” para el acceso controlado de las transnacionales a sus mercados nacionales.
Alternativas en el plano regional y mundial
También es importante en el planteamiento de estrategias alternativas frente a la globalización la dimensión que supone el entralazamiento de las estrategias nacionales, regionales y mundiales de desarrollo, a partir del hecho de que la globalización involucra la expansión mundial de las relaciones sociales de producción a lo largo y ancho de todo el mundo, las cuales a distinguen de las del siglo XIX, por su forma de operar, ahora cuentan con bases jurídicas, normas e instituciones que han obtenido su aprobación a través de acuerdos intergubernamentales. Lo específico es que estas medidas superan el marco del Estado-nación, en un contexto en que interactúan actores con capacidad de acción global, como las agrupaciones regionales de Estados y actores transnacionales.
Una de las especificidades de estos actores, especialmente, las fuerzas con que cuenta el regionalismo, es que están estimuladas por reformas nacionales que son partidarias del libre aperturismo, con la particularidad, de que la relación entre las disciplinas que se establecieron mediante acuerdos, a niveles regionales menos extensos se han globalizado y ampliado a los miembros de la Organización Mundial del Comercio (OMC), donde los requisitos de nivel mundial de los grupos de “cooperación” de carácter restringido acabaron por dominarlos.
De otra parte, las normas de ámbito mundial de la OMC tienden cada vez más a resultar un cimiento que se modifica y se intensifica en los planos subregional, regional e interregional. Al punto que los acuerdos comerciales de inversión y financieros resultantes de las combinaciones de grupos de países se denominan “OMC más regionalismo”. Con ello se corre el riesgo de que los asociados en los acuerdos regionales, negocien disciplinas y asuman una visión en el contexto regional, que puedan ser contrarias a las prácticas que siguen otras regiones o contrarias con un posible acuerdo mundial sobre dichas cuestiones.
Estos desafíos desde la óptica de los países subdesarrollados requieren ser enfrentados mediante un profundo y continuo proceso de integración y cooperación en que se aprovechen los beneficios, de manera que ello contribuya a un adecuado funcionamiento del sistema internacional del comercio y las finanzas. Las interacciones entre el regionalismo y las disciplinas internacionales es un fenómeno reciente que supone revisar las nociones pasadas del desarrollo en el ámbito de lo económico, lo político y lo ecológico. Las nuevas formas de relacionamiento económico externo son interactivas y compatibles con la globalización, lo que no excluye la existencia de heterogeneidades, las mismas superan las fronteras nacionales, abarcando múltiples sectores.
En este ámbito la tendencia es hacia la preferencia por los sistemas de producción subregionales/regionales, los intercambios mutuos de resultados entre países subdesarrollados, e incluye asistencia técnica con el concurso de países desarrollados. Las nuevas tendencias indican mayores niveles de complementación hacia el interior de las fronteras de los países implicados, por ejemplo, la “armonización de normas”, en el caso de la Unión Europea y MERCOSUR, donde se tiende a ampliar la coordinación de políticas nacionales entre sus miembros.
Estas medidas en el ángulo de alternativas deberán convertirse en medio y fin que permita desarrollar la capacidad de producción necesaria para el comercio, ampliar el espacio necesario para las inversiones, y movilizar funcionalmente los recursos financieros regionales. Ello podría modificar la configuración existente entre el sistema regional y mundial, a medida que los países subdesarrollados profundicen sus vínculos ampliándolos a múltiples sectores; por lo que la sumatoria podría ser, un mejoramiento de su capacidad para participar en los mercados mundiales. Esto podría ir acompañado de la creación de empresas productivas y comerciales transfronterizas, lo que requiere su combinación con la localización de producciones globales.
Ello implicaría además, la concesión de derechos a la formación de empresas de carácter transnacional al interior del país promulgando leyes que incentiven la práctica, en el plano de inversiones en recursos humanos, así como, la libre circulación de estos, favoreciendo el manejo de normas comunes y beneficiosas para las distintas partes, viabilizando que las normas asuman niveles internacionales. También crearía oportunidades para establecer alianzas en el plano comercial, tecnológico y productivo, que pueden ser sometidas a pruebas en el nivel regional y global. Para los países subdesarrollados esto podría constituir una alternativa competitiva frente al sistema multilateral, creando mayores niveles fortalezas y oportunidades que permitirían enfrentar los efectos negativos de la globalización.
Los acuerdos para integrar políticas económicas y de acercamiento científico y tecnológico permitirían fortalecer las empresas, renovando la tradicional planta productiva para emprender con fuerza la conquista del mercado mundial. Con ello se podría reformular una regionalización defensiva dinámica que posibilite proteger las economías nacionales del contexto mundial, como respuesta a la apertura indiscriminada que la ideología neoliberal ofrece para lograr un acceso rápido a la globalización.
En este contexto las alternativas de desarrollo frente a la globalización requerirán de una gestión no solo económica sino política, cultural y social, cuyos mecanismos claves podrían basarse en acciones de integración regionales que permitan una inserción activa y dinámica en la economía mundial. La nueva gestión económica y política global deberá tomar como restricción que ello no signifique un debilitamiento de lo nacional, sino una nueva soberanía colectiva que promueva la fijación de criterios, programas, y acciones conjuntas, que se reviertan en beneficios hacia el interior de las naciones y que tengan repercusiones económicas y sociales de naturaleza global, permitiendo contrarrestar los efectos negativos de la globalización, de manera que esta sea compatible con los acuerdos en formación.
La sinergia de las alternativas de cooperación económica y técnica con la globalización radica en que permiten moderar los obstáculos que se oponen al comercio, las inversiones y las finanzas. Esto podría quedar reforzado con reformas que de manera selectiva y cuidadosa apliquen políticas de apertura, en las que se combine la acción del Estado y el mercado. Una participación dinámica, flexible y justa entre las partes permitiría la conjugación de intereses ayudando a contrarrestar las bases negativas sobre las que se asienta el proceso actual de globalización y posibilitando a los países subdesarrollados participar en dicho proceso a un costo mínimo.
La integración del mundo subdesarrollado tendría diversas implicaciones para el desarrollo dado que su dinámica en el marco multisectorial aportaría resultados que generarían mayores niveles de crecimiento y complementariedad que pueden ser colocados en beneficios de la población. Esto significaría además una mayor eficiencia que reduzca el costo del sistema empresarial, y por consiguiente, una reducción de los niveles de precios con lo que se pondría en duda la teoría de que el sistema mundial es superior a una cooperación submundial.
Otro de los posibles efectos de la integración regional del mundo subdesarrollado radica en que podría disminuir las asimetrías de poder en los acuerdos internacionales, debido a que las diferencias entre los miembros del proceso de regionalización serían menores y su capacidad de acción en términos de una política coherente tiende a ser homogénea, debido a que cuando participen en la negociación de acuerdos de carácter global, contarían con una base común. Ello permitiría consolidar alianzas en el plano político entre los miembros, y por consiguiente, una reducción del poder económico y político en las negociaciones que se desarrollan en el contexto de la globalización.
Desde el punto de vista jurídico la nueva gestión internacional y las nuevas instituciones o las reformas a las ya existentes, deberían privilegiar los mecanismos que conduzcan a tratar los asuntos globales en un marco de negociaciones multilaterales, estas permitirían tomar en cuenta un nuevo aspecto de la democracia que es, hasta cierto punto, la institucionalización de los derechos que los individuos, pueblos y Estados tienen para lograr las mejores alternativas para una vida mejor.
Lo planteado podría traducirse en la propuesta de una política de globalización sostenible, la cual consiste en dos cosas, la primera es la existencia de una visión del mundo de manera tal, que el pueblo pueda entender donde se encuentra ubicado, y la segunda, el establecimiento de una red política de seguridad de integración social (Integrationist Social-Safety-Netter) que permita interactuar con el entorno; este último aspecto está referido la democratización de la globalización, en el marco educacional, financiero, y en lo político en que se vean favorecidos todos los países. La globalización sólo será sostenible, si es democratizada en lo económico y en lo político, en lo económico esto significa la designación de una red de seguridad social que no sólo amortigüe los desbalances, sino que brinde al sistema los instrumentos y recursos, políticamente significa incitar la democratización en los países subdesarrollados.
En suma una gestión social, tecno-económica, política y democrática, para asegurar un desarrollo adecuado frente al globalismo neoliberal, donde todos sean participantes activos, implica necesariamente disminuir, modificar o cambiar las normas internacionales que reproducen desigualdades, para asegurar que los Estados participantes tengan el derecho y, las posibilidades reales de incidir en todos los procesos de toma de decisiones que los afecten de modo positivo o negativo. Esto significa articular una nueva visión política que se apoye en una globalización sostenible para una renovación del sistema de economía mundial globalizado en lo que la noción de desarrollo socialista a partir de sus avances y retrocesos podría hacer una importante contribución.
Como colofón se puede plantear que resulta además, conveniente para el desarrollo de una globalización sostenible poner en práctica, políticas de acercamiento y colaboración con otros contextos culturales. Esto tiene su base en el argumento de que “la cultura del desarrollo parte del desarrollo de la cultura y para que perdure el modelo de desarrollo tiene que afirmarse en la identidad y en los valores autóctonos”. Cuando se plantean nuevas formas de organización, la cultura se dibuja como mapa para orientar la tarea de reconstruir los acontecimientos del mundo, lo que indica ir hacia los significados que guían la acción racional que coloca como centro al hombre.
Un proyecto alternativo a los problemas que confronta el mundo de hoy no puede ser viable si no se apoya en nuevas maneras de hacer política cultural. Para construir una nueva sociedad es necesario sustentarlas en nuevas formas de participación democrática, donde el trabajo comunitario debe ocupar un lugar privilegiado, creando los mecanismos que puedan hacer reales y efectivos los derechos individuales y sociales. Esto exige crear una integración social que comienza por la organización social de los consumidores de los habitantes de una región, donde el hombre y sus organizaciones se transformen en protagonistas; asegurando la existencia y reproducción de una diversidad de circuitos culturales con sus variadas formas de operación es decir, con participación de diversos agentes sociales organizados según sus instancias institucionales.