La idea anterior sugiere varios aspectos:
Transformaciones significativas en la distribución del ingreso, que implicarían adecuaciones en el flujo productivo y por tanto la configuración de una estructura productiva que priorice la satisfacción de las necesidades de la mayoría, por lo que en la equidad social hasta ahora ausente en la mayoría de los países subdesarrollados se podría consolidar un patrón de consumo más compatible con estos sectores sociales. Al mismo tiempo, tal cambio en la finalidad de la dirección económica podría favorecer el crecimiento del empleo, ya que la ampliación del mercado interno por la vía de la expansión del consumo de bienes influye sobre la producción de rubros que presuponen elevados insumos de fuerza de trabajo.
Los niveles mayores de acumulación favorecerían el crecimiento tanto al inducir un modelo compatible con tasas más altas y eficientes de inversión y empleo como creando un clima social más estable. Esta perspectiva podría determinar coeficientes menores de importación de bienes y servicios, contribuyendo a paliar los desbalances externos que propician los impactos de la globalización con lo cual se le podrían hacer frente a los niveles de la deuda externa de los países subdesarrollados. Tales adecuaciones requerirían de cambios en las políticas de asignación de recursos, de precios, salarios, empleos, incluyendo cambios en las relaciones de propiedad para efectuarse. Ello implica un papel directriz del Estado como programador de alternativas de desarrollo, de manera que este construya un sistema donde la dependencia externa se reduzca a niveles socialmente programados.
La realidad planteada amerita un profundo ejercicio de reflexión crítica, que observe que la implantación de nuevas tecnologías ligadas a la globalización constituye un fenómeno cultural, en lo que hay que pensar también que la globalización misma ofrece opciones de falsa universalidad, por lo que en este ámbito debe concebirse de donde provienen esos adelantos, como poderlos utilizar en función de las mejoras y el progreso social, sin que su uso acentúe la relación de dependencia y sumisión que ha caracterizado al mundo subdesarrollado.
Al igual que todos los fenómenos sociales, este proceso debe ser analizado de forma histórico concreta, si bien no es posible, ni deseable, escapar de los avances científicos y tecnológicos, es importante, para poder participar, identificar las condiciones de esa participación, que haya equidad en el acceso a la información y en la producción de materiales, que no desvirtúen la función que compete a los formadores de los educandos.
Resulta evidente que en aquellos países donde no se ha logrado un desarrollo tecnológico e industrial propio la transferencia de tecnología puede resultar fuente de contradicciones sociales tales como: divorcio entre las necesidades reales y las tecnologías importadas; creación de tecnologías contrarias o en todo caso sin una relación raigal con el contexto social en que se promueve.
Por consiguiente, es indispensable tener en cuenta que las transformaciones se adapten a las necesidades y condiciones específicas de cada sociedad, en proporción a su desarrollo social y promoviendo soluciones originales y autóctonas. En esta tarea es fundamental la formación de una intelectualidad científico-técnica capaz de lograr la conjugación orgánica entre un alto nivel científico técnico y la realidad social en que tiene que desplegar su actividad. Por lo que, siempre y cuando no se afecte la identidad cultural y ello favorezca la cooperación internacional y el logro de la integración cultural del mundo subdesarrollado, bienvenido sea el desarrollo tecnológico.
Este conjunto de transformaciones debe enfrentar el cambio de los valores relativos a lo público y lo privado; la estabilidad de las instituciones; la participación de ramas que tradicionalmente fueron líderes en el proceso de crecimiento económico y que son reemplazadas por nuevos sectores; el reemplazo de un paradigma tecnológico por otro; de la modificación de las preferencias sociales en la forma de organización colectiva o de la legitimidad y el peso asignado al Estado frente a las diversas organizaciones que integran la sociedad civil. Sin embargo, el problema no está en las transformaciones que se operan, sino en sus direcciones y en sus resultados sociales. La sostenibilidad del desarrollo, no sólo se garantiza por medio de la preservación y/o formación de las condiciones del medio ambiente; el bienestar de las presentes y futuras generaciones sólo se podrá lograr y sostener si tomamos en consideración los siguientes elementos:
Una cultura que se despliegue sin violentar la naturaleza, promover un crecimiento sin violentar el costo de la vida, sin desmejorar las condiciones de vida de las personas, es no enriquecer a un grupo y empobrecer a otros; es pensar en políticas gubernamentales que no afecten o atenten contra la naturaleza, es no vender la soberanía nacional en aras del turismo; es proponer proyectos que logren la igualdad de géneros y la educación ambiental; es contribuir a erradicar la pobreza y la violencia en todos los ámbitos, es pensar que las políticas económicas no estén desfasadas de lo social; es en síntesis el respeto a la conservación de los valores, costumbres y modo de vida autónomos de los pueblos.
El cumplimiento de este complejo sistema de intervinculaciones del desarrollo sostenible requiere de: Un sistema político y cultural que asegure una participación efectiva en el proceso de adopción de decisiones; un sistema económico capaz de generar excedentes y conocimientos técnicos sobre una base autónoma sostenida; un sistema social que facilite soluciones para las tensiones resultantes de la falta de armonía en el desarrollo; un sistema de producción que respetase la obligación de preservar la base ecológica del desarrollo; un sistema tecnológico que pueda buscar continuamente nuevas soluciones; un sistema internacional que promoviese estructuras sustentables del comercio y las finanzas; un sistema administrativo flexible con capacidad de autocorrección.
En las circunstancias explicadas es conveniente tomar en consideración los aspectos de la globalización cultural en el diseño de políticas de desarrollo sostenible. El desarrollo de la cultura se manifiesta cuando el hombre por un lado crea un mundo variado, crea las bases materiales y espirituales de su existencia. Ello en primer lugar requiere de promover variaciones en el contenido y enfoque de las políticas culturales, lo que no debe significar la mera adopción directa del mundo de los conocimientos, modos de vida o experiencia de una región; es necesario tomar en cuenta que el desarrollo local, nacional y regional este en relación con sus valores y con su cultura propia.
En este ámbito es importante destacar que la educación no debe ser vista solo como un elemento transmisor de conocimientos, sino también de tradiciones culturales, esta representa también una vía para el cultivo de tradiciones que contribuyan al desarrollo de raíces sociales con las que se identifica cada proyecto, cada sociedad. Estos atributos son importantes en la determinación de la concepción del mundo de los individuos de la sociedad de que se trate, quienes imprimirán una manera específica al despliegue polifuncional de la cultura en cada ingrediente de las fuerzas productivas, las relaciones sociales de producción y la superestructura que la representa.
La concepción planteada supone rescatar y desarrollar los elementos de la historia local, regional y nacional poniéndose en función del proceso de creación de valores; supone la interpretación dialéctica del mundo de manera que se asuman los aspectos inéditos de la cultura universal y su incorporación a lo que identifica la realidad nacional de cada país. En la medida en que las poblaciones estén dotadas de mayores grados de conocimientos de sus raíces, así crecerá el desarrollo autóctono y formativo cultural, el resultado podría ser, una paulatina disminución de la capacidad de manipulación de los “grandes centros culturales” del mundo desarrollado sobre las culturas del Tercer Mundo.
Las experiencias empíricas muestran que mientras la capacidad del Estado para intervenir por la vía de políticas culturales disminuye, la identidad de las nuevas generaciones se construyen más por la lógica del mercado que por los símbolos patrios de naturaleza histórica y regional. Si un país quiere circular por las sendas del desarrollo sostenible debe crear su ventaja comparativa en términos de capacidades científicas y culturales. Debe dar prioridad a la historia nacional, a la ciencia, la tecnología, y a su cultura, desarrollando estrategias vinculadas a los nuevos escenarios de información y comunicación para construir un sitio a sus relaciones externas y conectarse así con el mercado mundial. Los recursos humanos, la educación y la formación son básicos en este vínculo. Claro que el factor externo es esencial en este ámbito, lo cual sugiere desmitificar el papel que hasta ahora ha tenido este sobre las naciones subdesarrolladas.










